viernes, 7 de octubre de 2011

La Ruta
3er. capítulo del libro El Eterno Caminante

El chófer del autobús no podía creerlo. Le pedí que se detuviera para bajarme faltando más de quinientos kilómetros para llegar a destino, en una noche tan negra que las dos únicas luciérnagas existentes en esta carretera amazónica las podía apagar este sudoroso y mediocre conductor; que, después de verme con perplejidad, sin más, limpió el volante grasiento con un trapo mugriento, desatendiéndome como se hace con las tumbas y con los locos.



Llevaba más de doce horas en un viaje lento y accidentado hacia Brasil. Demasiadas fueron las paradas donde los dos hombres pertenecientes a la línea de transporte trataban de subir a las personas que mejor les pagaran. Todos sabíamos que era prohibido, pero nadie se atrevió a reclamar: estos tipejos eran capaces de hacer pasar un mal rato a quien tratara de alzar la voz en un terreno donde la justicia ya estaba enmudecida. Por otra parte, yo había renunciado por completo a todo intento de mejorar este mundo, llegando incluso a aborrecer a sus habitantes con los que, de hecho, hacía un gran esfuerzo para no despreciar.



Antes de partir, evadiendo el tumulto de aquel terminal inmundo, fui el primero en subir al autobús. Me senté en la última fila como siempre lo hice en el aula del colegio. Detestaba a quienes los profesores colocaban en los primeros pupitres para tener muy de cerca un ejemplo a mano. Esos estudiantes “sobresalientes” escondían sus cabezas como avestruces cuando el grupo de pichones revolucionarios los llamábamos a sumarse al frente de cualquier huelga estudiantil. Siempre los primeros fueron últimos y los últimos primeros (esto me lo enseñó el hombre del evangelio: a confiar en los excluidos y a mirar muy en alto a los enanos).

Desde los asientos posteriores tenía la mejor perspectiva de todas. Observaba detenidamente a cada una de las personas que subían, y que eran delatadas fácilmente por sus equipajes de mano. Las primeras fueron dos monjas que buscaban los asientos más limpios para no ensuciar sus hábitos ya desteñidos por tantos viajes a la Amazonia. Se movían silenciosas como hormigas pertenecientes a la cueva más oscura y extensa del planeta, y se aferraban a sus bolsos de semicuero negro como si en ellos resguardaran el último secreto de Fátima. Detrás de ellas se acomodaron dos parejas de jóvenes norteamericanos, de rostros fríos y mirada de satisfacción infantil, con más equipajes de cámaras que de ropa, obsesionados en congelar imágenes para acumular rollos fotográficos y alardear con sus vecinos al volver a su súper país. En seguida subieron dos carnosas cazadoras del depredador que más abunda en las tierras del Dorado: el minero. Del mismo modo que lo ha hecho su profesión, las miradas de ambas borraban todas las fronteras. Una de ellas, con actitud irreverente, le pedía a las monjitas pastillas anticonceptivas, muy segura de que traían algunas en sus carteras. La otra, después de acomodar sus bolsas plásticas llenas de cosméticos baratos, zancos plateados y minivestidos de lentejuelas, se acercó con un vibrante contoneo a pedirme fuego. Mi negativa no la molestó, lo supe por su sonrisa confiada en que tendría otra oportunidad para invitarme a quemarnos. Me lanzó una última requisa con su vista y se dio media vuelta mientras mordía su rojísimo labio inferior. Yo no tenía encendedor, pero traía en mi bagaje toneladas de cenizas de un largo incendio que me costó mucho extinguir, y no pensaba reinstaurar lo que ya consideraba abolido.

Los pasajeros que siguieron subiendo fueron el relleno perfecto para que el vehículo reflejara una sociedad ya globalizada por el exacerbado culto al dinero. Era lo más opuesto a un bus escolar: un policía de conciencia oscura como su uniforme, dos cocineras gordas que vendían en los pueblos mineros pinchos de carne de perros inocentes, un comerciante árabe que impregnó el ambiente de una colonia con años fuera del mercado, un piloto de la avioneta de un judío comprador de todo el oro, un chileno soldador de lavadoras y balsas, dos buzos colombianos y unos veinte venezolanos, indios y mestizos, parasitando alrededor de estos proveedores de sus sustentos. Todos ordenados en fila, muy bien organizados como animales en jaulas esperando su función. En número no alcanzaban a completar los asientos y eso me permitió acostarme cómodamente en los cinco últimos y mirar muy bien el techo hasta donde todos llegaban. Solamente yo sabía los pies de altura de mi viaje tan inverso al de ellos. Aquellos asalariados tenían fuertes motivos para buscar con hambre y adorar con gula a su “dios dinero”; en cambio yo, yo estaba resuelto a excomulgarme, yo decidí renunciar a toda forma de conseguirlo y lograr la máxima libertad de vivir sin él. Me empeñé entonces en un intento de cerrar mis ojos y apaciguar la zozobra que generaba la espera y el total desconocimiento de lo que me deparaba, a ver si en ese retiro oscuro lograba encontrar el motivo de vivir que había perdido, y por el cual estaba entregado a esta travesía de que pasara lo que pasara; pero me lo impidió la voz estridente de un vendedor de refrescos y chucherías que subió junto a un tipo que, quebrantado por el llanto, rogaba le ayudasen con medicamentos que necesitaba su hijo enfermo, testimonio que autentificaba con récipes del hospital central. Muchos le dieron algunos billetes, y, cuando bajó, miré por el vidrio trasero como el “actor” se fue a la parte posterior del autobús a darle a medio esconder lo que le correspondía de lo recaudado al acompañante del chófer. Esta complicidad es la misma que la del Papa con la mafia, la del abogado con el juez y la del masón de izquierda con el masón de derecha. Toda esta política de porquería era también parte de lo que quería librarme, pero uno llega a pensar que la única forma de hacerlo es con una destrucción masiva, o en una evacuación del planeta. Pero el fin del mundo había sido finalmente burlado por el primer mes del nuevo milenio, y, ¡cuánto lamenté que la profecía me lanzara esa mala jugada! Por eso, al menos para mí, algo como salir de la tierra era lo que simbólicamente representaba este periplo, que por fin arrancaba, con el encargado buscando equilibrio entre los asientos para pasar revista y agujerear los boletos.


Mirando por la ventanilla a mi bella fea ciudad desvanecerse, me hacía a la idea de que en cada kilómetro transitado dejaba enterrados, en pequeños sepulcros colocados al costado de la carretera, los espacios atropellados de mi vida. La decisión de renunciar a todo aquello que fue mi pasado era inquebrantable. Arrepentido de haber malgastado años engañado por las riquezas, creyendo que vivir era acumular “experiencias”, y que sólo el dinero podría proporcionármelas cada vez más extremas, mi voluntad estaba anclada en no volver a zarpar jamás hacia ese puerto de trueque mortal. Todavía me parecía escuchar las últimas voces de los que se llamaban mis amigos: “No te dejes vencer... Te puedes recuperar... Todavía te quedan unos millones en el banco... Esta es una jungla de concreto donde vence el más fuerte... Vivir en pareja no es cosa fácil... Después de quince años no puedes dejarla... Estás escapando... Estás escapando...”. Sólo yo sabía lo equivocados que estaban, lo normal que era para ellos ser tan normales y quienes eran verdaderamente los cobardes. Al cabo de largas horas en que transcurrieron mis reflexiones, no pude soportarlo por más tiempo: era el último y desesperado intento de salir de todo esto, pues era mi voluntad de ser..., de no desapare-ser y seguir siendo. Las cosas que realmente valen la pena nos exigen más valor de lo que uno espera; sólo hay que respirar hondo y lanzarse.
Me levanté del asiento empujado por un brazo invisible, y, en dirección al chófer, recorrí el pasillo del autobús que se me presentaba como un largo y angosto túnel gris plomizo que parecía no tener fin. Lo habría atravesado mejor aún si hubiese estado solo, pero no fue así. Por las ventanillas veía pasar los árboles sobrevestidos de hojas como oscuros celajes de ánimas conspirando para detenerme. Sentí una pesada cruz en mi hombro y escuché voces cruzadas que parecían provenir de los pasajeros a ambos lados, ridiculizándome: “¿A dónde crees que vas? Tú no eres distinto... Eres igual a nosotros... Nunca encontrarás eso que crees poder Ser... No hay eternidad... No lo lograrás... No podrás escapar.” “Eso está por verse”, me dije para darme fuerzas y me estimularon las palabras de Cortázar: “Ir a un encuentro no puede ser nunca escapar… Lo cierto es irse. Quedarse es ya la mentira... Quien se dé una vuelta y vuelva, y haya tenido abierto los ojos, conocerá mejor la forma de su jaula… La verdadera aniquilación debería de ocurrir en vida”.
Por segunda vez le pedí al chófer que se detuviera; que, aunque no podía creerlo, realmente había llegado a mi destino. Éste, con una mezcla de viva extrañeza y redoblada molestia, tiró a la consola el trapo mugriento que tenía en su mano, y estacionó el autobús al borde del camino tras un vehemente frenazo. Bajó conmigo su acompañante y caminamos hasta el compartimiento de los equipajes. Abierta la puerta le señalé mi mochila y acercándomela me preguntó si estaba seguro de lo que hacía. Yo le respondí con la verdad: “No lo sé, pero quizá pronto lo sepa”. Se asomó el conductor apurándonos, y, evitando que en mi voz se notara el dolor horrible que invade a un exiliado, me despedí de uno y otro agradeciéndoles. Éstos me miraron sin verme, con la miopía del prejuicio, seguros de que mi aliento despedía olor a marihuana. Luego, con pasos más instintivos que conscientes, dejé tras de mí aquella ruta establecida, vuelto completamente de espaldas a los negocios del mundo y de cara a los del Universo, adentrándome de inmediato a la negra espesura, donde el ruido del motor, alejándose paulatinamente, dio lugar a un silencio que mis oídos jamás habían experimentado: el de la selva, en las horas subterráneas de la noche...

Me sentí entrando en la tierra del “nuncajamás”, imbuido por el peligro deseable de ir tanteando la oscuridad y escuchar sometido su murmullo; como si aquella voz suicida, que intermitente me llamó tantas veces desde la muerte, fuera la misma que aquí me guiaba a la vida eterna cual niño ciego engañado con un dulce. Hoy puedo recordarlo y sentir una pena por no poder describir bien lo vivido. Hoy, cuando rememoro aquel momento, me recorre un estremecimiento inexplicable por toda mi alma. ¿Cómo lo pudiera decir? Fue como estar parado en el centro donde se cruzan todos los caminos, donde todo lo ocurrido y todo lo que ha de ocurrir convergieran, donde no hay tiempo que perder ni que ganar, no hay arriba ni abajo, el existir se encierra, el cerebro no admite pensamiento y todo es una sola cosa. De esta manera lo sentía, pero sé que no sentía. ¿Qué era?, aún no lo he adivinado, pero sé que es todavía, pues desde entonces eso no me ha abandonado.




La luna estaba del otro lado del planeta conteniendo la rabia por no poderme intimidar: su resplandor me hubiese hecho ver las enormes sombras móviles de la vegetación como gigantes plantas carnívoras prestas a devorarme. Con cada paso que daba, el miedo retrocedía con miedo. Aquello, que ante mí se presentaba como un monstruo enorme queriendo acobardarme, se retiraba lento y debilitado porque yo caminaba entre sus afilados dientes esquivando sus mordiscos (el temor a lo desconocido es lo que nos empuja a conocer y ese miedo es el indicador del lugar en que debemos retarnos). Mientras más confianza ganaba en ese terreno jamás visto, más crecía en mí un Prometeo que despojaba la oscuridad con su fuego y me confería una fuerza titánica nunca antes conocida. Mi espíritu me aseguraba que, aún en el caso de no poseer piernas, podía soportar mucho más peso –mejor dicho: ¡todo el peso!–, y proseguir con una potencia que me llevaría a adentrarme en una angélica levitación, una en la que me encaminaría alejándome cada vez más de mí mismo... cada vez mucho más. Claro, siempre en estos momentos espaciales, al igual que te sigue la Lujuria por dondequiera, la duda te llama de continuo, y te hace pensar por un segundo (no más que un segundo) que la realidad no superará a la fantasía. Pero unos pistilos de luces extrañas, que irrumpieron de pronto en el aire, se encargaron de erradicar la creencia en una absurda alucinación. Unas especies de estrellitas fugases empezaron a bajar del cielo, ¡de veras, eran completamente reales!, y las sentía posarse en mi rostro; las oía como millones de campanitas invisibles y las veía descender por todas partes a modo de minúsculos asteriscos bombardeando la tierra. ¡Por primera vez conocía el color luz! ¡¡Mi cuerpo absorbía luz!!

Probablemente algún científico me hubiese desanimado con sus razonamientos diciéndome que simplemente soy una de las pocas personas que experimentó el rocío silencioso que desapercibido aterriza en la selva; pero sólo yo sé que aquello no mojaba ni a mi piel ni a mi ropa y tampoco al suelo y a las hojas que pisaba: eran chispas minúsculas que desde el cosmos infinito venían directo a mí, y que, en el supuesto negado de haber sido gotas de agua, eran de aquellas etéreas con las que Juan el bautista hubiese querido ser bautizado.



Para mantenerte unido al Universo sólo basta con que así sea; entonces, todo lo que habita en las alturas viene a abrazarte. Empecé a llorar a causa de un lleno profundo que me invadió por completo, un estremecimiento que asaltó todas mis células, cambiando el concepto de percepción que adquirió allí una sensibilidad incalculable. Entre carcajadas llorosas, mis lágrimas fueron como hilos de agua que caen en el rostro del niño que da palmetas en la cuba en que es bañado; pero, moqueando entre risas de alegría, sabía que las sorpresas de la tierra continuarían, y, en menos tiempo del imaginado, me regaló el florecer de la aurora desparramada en la gran sabana. Entregado, olfateaba los colores indescriptibles del paisaje y, al compás de la marcha silenciosa de las nubes, girando lentamente con mis brazos abiertos, estremecí la batuta de aquel amanecer convertido en mis manos en una armoniosa sinfonía, en una suprema componibilidad que se integró en todo el espacio. Todavía me encontraba en plena ejecución cuando arrulló, con sutileza de flauta indígena, la resonancia de un río que se ocultaba tras una muralla de árboles y matorrales que verdeaba aún más la vista. Me acerqué sediento a conocerlo, pero lo apretado del follaje me obligó a bordear la hilera de vegetación con espinosos pasos hasta encontrar un acceso al agua. No fue fácil bajar el farallón de casi tres metros, pero nada difícil desprenderme de mochila y ropa y zambullirme con la sangre fría de un pez al puro y cristalino río.




Después de un baño pródigo, en el que la forma de desnudarme, mojarme y secarme tomó nuevas dimensiones, me vestí, y me invadió el hambre junto a un voraz cansancio que me hizo recordar que no sólo no traía nada para comer, sino que también llevaba más de veinticuatro horas sin dormir y, de paso, el pesado trayecto del viaje encima.

Entonces, cuando creí que nada más podría ocurrirme, una imagen a lo lejos llamó poderosamente mi atención. A primera vista, la lejana figura no podía distinguirla: lo mismo podría ser un animal que una persona. Por instinto pude haberme asustado un poco y correr bastante, pero me burlé de mí mismo ya que luego de semejante noche, y a plena luz del día, esa actitud sería ridícula (aunque morir rayando el sol siendo el desayuno de un depredador tampoco estaba en la idea que me había hecho de un final feliz). Para mi tranquilidad, poco a poco el trecho se fue acortando y pude observar la forma humana de alguien de muy baja estatura. Ya, a la distancia de un tiro de piedra, la semidesnudez de una mujer indígena era clarísima, con un taparrabo cubriendo sus partes íntimas y uno de sus senos velado por el brazo izquierdo, cuya mano aseguraba transportar un racimo de bananos sobre su hombro derecho. Mantuvo un caminar recto, sin el menor indicio de saberse vista, siguiendo una trayectoria que jamás se encontraría conmigo. Yo me hacía el loco muy cuerdo, mirándola de reojo mientras removía y sacaba de mi mochila lo necesario para dormir. Cuando llegó a un punto retirado que se encontraba paralelo a mi posición, sorpresivamente detuvo su marcha, volteó para descubrirme y, vadeando el largo trecho, se vino directamente hasta detenerse frente a mí. Sin apartarme la mirada, sin pronunciar palabra, sin cambiar su rostro con gesto alguno, arrancó de memoria cinco bananos, me los entregó, me dio la espalda y retomó su camino. Quedé estupefacto, sin poder soltar el agradecimiento boquiabierto que quedó levitando entre mis labios, viendo alternativamente los frutos en mis manos y su silueta alejándose con una calma suprema, mientras mi mente se sorprendía mucho más y mi estómago empezaba a apurarme para que alimentara su recién nacida alegría.



Al fin, ensimismado en pensamientos que frugalmente se diluyeron (como los bananos en mi boca), seguro de que aquellos pasajeros del autobús dejarían esta vida sin imaginar lo que a aquél descerebrado y perdido excursionista le había acontecido, y con la mansa placidez que te proporciona el saber que con el dormir secarás pantanosos recuerdos y despertando reverdecerás, me armé rápidamente mi lecho, allí muy cerca del recorrido de las aguas, para caer placido como lirón en una insondable utopía de la que, ni en sueños, nunca más despertaría.

1 comentario:

Paola Lopez del Cerro dijo...

Quiero conseguir el libro (La Ruta). En Argentina no puedo encontrarlo :'(