Alejandro Cephas

COMENTARIOS...

"Adios Paulo Coelho, bye bye Dan Brown... !Hola Alejandro Cephas!"

-Estocolmo Vraz

"Nunca antes un escritor había desarrollado con tanta gracia semejante desgracia, y jamás un lector sufrió tan grande desengaño y a la vez lloró tan profundamente de risa".
-Sebastián Goldberg, El mercado de las letras


"Estamos ante una obra desmedrada, turbia, ambigua, improcedente, que no sólo vino a importunar a la Religión sino también a la Literatura".
-Samuel Levy

"Lo tragicómico llevado a la cúspide; una historia demasiado seria, demasiado divertida, ubicada entre lo más hondo del espíritu y lo superficial de una carcajada".
-Etna Ivanov, Biblioteca Nacional


"Sin discusión: después de 666 la Biblia jamás podrá leerse como antes... Seguro este libro será el próximo best seller mundial, ubicandose muy por delante de El Alquimista y El Código Da Vinci".
-Juan Carlos Zuloaga, Librería Libre

"Este libro extraordinario no se puede ordenar ni sistematizar: su prosa y texto no se dejan encasillar en ningún lugar del ámbito de las letras; igual que un palomo libre y desenfrenado vuela y se cuela en todos los templos dejando sus cagadas en los altares".
-Filippo Romitelli, Las Dos Sicilias

"Ssssstupendo".
-Fililao Madaleno

viernes 7 de octubre de 2011

En las librerías Las Novedades se está revelando el 666, y en la web!
Forma parte de los que ya comparten una Verdad que no cambiará tu vida, pero sí la forma en que la miras.

Solicita en facebook la amistad de la editora en Venezuela, Pierina Herrera, y síguela en twitter: @herrerapierina.
Conoce la primera crítica del libro más vendido y comentado en las ferias literarias de Caracas en el blog: http://unanaranjaentera.wordpress.com/2011/09/18/3olibros-un-libro-de-este-ano-1730/

Busca tu ejemplar en la librería Las Novedades más cercana a tu casa o trabajo:

PRADOS DEL ESTE
C.C. Concresa PB. Frente al Banco Mercantil y Tijerazo
LAS MERCEDES
Lobby Hotel Tamanaco
CHUAO
C.C.C.T. Nivel C-1 y Nivel C-2
LOS RUICES
C.C. Los Ruices al lado canal 8
EL MARQUES
Unicentro El Marqués Local C-2
LOS DOS CAMINOS
C. C. Millenium Mall
SABANA GRANDE
Al final del Boulevard y al lado de la Jefatura El Recreo
CHACAITO
Estación Metro Chacaíto Pasaje country
MONTALBAN
C.C. Uslar Local A-9
EL PARAISO
C.C. Multi Plaza
CENTRO
C.C. Los Ilustres Av. Rooselvett y
Ferrenquin a la Cruz de Candelaria No.176
ALTOS MIRANDINOS
C.C. La Cascada Nivel C-2 Carretera Panamericana
GUATIRE
C.C. Buenaventura Local C-36
















EL SUPER EGO DE LOS ESCRITORES
En vista de que para algunos ha resultado sospechoso el que no aparezca mi rostro en las solapas de mis libros y en la web (y que esto ocurra en la era en la cual mostrar la face full es la moda, algo que para mí levanta la sospecha de que la gente, que ya cambió el espejo del baño por un monitor, buscando con tanta urgencia de epidemia ser vista allí por todos, está sufriendo una terrible ceguera de sí misma) y que en sus comentarios han dejado entrever sus dudas al no divisar en mi muro ninguna editorial conocida respaldándome, ni guindado uno de esos títulos o diplomas que suelen avalar a quienes escriben, quise responder con estas líneas de expresión para al menos dar la cara de cuarentón.

Pienso, como Borges, que Oscar Wilde siempre tuvo la razón: “Revelar el arte y ocultar al artista es la meta del arte”, y considero que el DERECHO A NO DEJARSE VER debe ser asumido por los escritores más que por cualquier otro artista, pues si existe una profesión en la cual el rostro no va con el oficio es precisamente ésta. Nunca cursé carrera académica (mi universidad se llama Universo), ni e echo ningún curso literario (créanme), ni siquiera he recibido instrucciones de escritor alguno (todos se me escabulleron con inigualable elocuencia cuando me acerqué a pedirles ayuda) y, por tanto, con semejante curriculum avalando mi conciencia, jamás me consideraré un escritor, ni siquiera con dos libros editados a cuestas y cuatro metidos en un ordenador; y, la verdad, no veo por qué los otros se toman tan en serio eso de poseer título de autor. Creo que se les olvidó, o no lo supieron nunca, que un libro y toda expresión creativa sólo es una pequeñísima extensión del Ser dentro del universo, y el auténtico derecho de autor no pertenece a los hombres sino al Creador: Único Rector de la Universidad de la Vida que inspira y nos proporciona todos los elementos necesarios (incluyendo mente y cuerpo) para llevar las buenas obras a feliz término.


El escritor, según la filosofía de Parménides, es un “ser para sí”, “un ser por accidente”, un ser en cuyo camino apareció una pluma y un papel y terminó forjando una obra “para sí”; vía antagónica a aquella que conduce al hombre hacia el verdadero Ser (que el filósofo llamó “el ser en sí” porque vive desde su propio Ser y no desde aquello con que se tropezó). Por tanto, el Ser no debe ocuparse en empalabrarse sino, con infinita humildad, comportarse de acuerdo a la Verdad que palpita en toda la Creación (y dentro de él mismo). Debe recordar siempre que las palabras son innecesarias para el verdadero lenguaje, el lenguaje de la ternura (esto lo sabe hasta un niño). Muchos grandes escritores no quisieron entenderlo y por eso se hizo patente la discrepancia de sus vidas con sus obras (siempre ultrapasándolos a ellos). Por tanto, para mí la vida es una cuestión de actitud humana elevada, no de revolverse en un charco de letras, de géneros y estilos, creyéndose la garza nacarada más alta de la laguna.


El acto de escribir, debiendo ser una práctica que vaya debilitando al Yo hasta desmayarlo, resulta ser, remitiéndonos a las pruebas, todo lo contrario: es y ha sido el más exclusivo de los gimnasios en el cual se robustece al ego. Sí, ciertamente de sus puertas han salido ágiles gladiadores y muy buenos “esgrimistas de la palabra”, pero poquísimos de ellos lograron ejecutarse el haraquiri para poder, como Nietzsche, “escribir con sangre”. Como muestra fiel (sin dejar de recordar las palabras de aquél pensador venezolano que dijo que Uslar Pietri tenía un mar de conocimientos, pero de un metro de profundidad) hablemos de dos fornidos autores que se fueron a las manos por sus diferencias políticas. El gancho de “izquierda” que en defensa de Fidel Castro le propinó el Gabo a Vargas Llosa, fue respondido rápidamente con la contundente “derecha” de éste último; pero, contra todo pronóstico, el encuentro terminó con los dos en la lona: ambos olvidándose de vanas discusiones de cómo administrar la comida de los pueblos y cayendo en la fuerte tentación de embolsillarse el millón de dólares del premio Nobel (quizá me equivoque y la razón de apersonarse en Suecia no fue por los dólares que ya poseían). Visto de frente, lo que planteo sería un descomunal desatino de no existir atrás el extraordinario ejemplo de Jean-Paúl Sartre, quien sí es un verdadero campeón de pesos pesados por ser el único escritor que rechazó de plano ir a recibir, en medio de un aluvión de halagados aplausos, el mayor de los premios (esto es lo que se dice “estar implicado en el asesinato del ego”) ¿Por qué? ¿Por qué será que los actuales escritores no imitan, reseñan o remachan hasta el cansancio este significativo detalle?


No le busquemos la tercera pata al pájaro. Una de dos: el escritor se muestra por dinero (promoción= más ventas) o para hinchar su pecho como paloma. Además, si es cierto aquello de que una imagen habla más que mil palabras, me ahorro muchas resmas de críticas a las fotografías de los escritores en las solapas de los libros, viendo incluso a los autores consagrados usurpando contraportadas enteras (antiguamente buenos abrebocas) con un muy bien escogido fondo culto y con la típica pose de la estatua de Platón erigida frente a la Nueva Academia de Atenas. He visto a muchos de ellos atravesando la cámara con mirada de superintelectual, vestidos a lo Harvard con las infaltables gafas, pipas, estilográficas, sombreros, y los más osados con los cuellos de las chaquetas levantados a lo James Dean; pero la imagen que más me entristece es la de Bolaño con cigarrillo en mano (prefiero pensar que el escritor chileno fue influenciado por la editorial para que con su pose semejara a un detective salvaje).


Me pasa algo en la garganta, pero aún así quiero carraspear y dejar a mis amigos escritores (para que recuerden lo de “zapatero a sus zapatos”, y para que realmente sean un buen modelo de lo que pretenden ser) este ejemplo ejemplar: ¡Ejem..


Una amiga top-model, dedicada exclusivamente a mostrar su rostro en tapas de revistas y vallas publicitarias, me refirió que en la cresta de la ola de su fama un periodista le preguntó la razón por la cual nunca concedía entrevistas, y esta belleza le respondió que si estaba loco, que dejaría de ser modelo en el mismo instante en que abriese la boca.
La Ruta
3er. capítulo del libro El Eterno Caminante

El chófer del autobús no podía creerlo. Le pedí que se detuviera para bajarme faltando más de quinientos kilómetros para llegar a destino, en una noche tan negra que las dos únicas luciérnagas existentes en esta carretera amazónica las podía apagar este sudoroso y mediocre conductor; que, después de verme con perplejidad, sin más, limpió el volante grasiento con un trapo mugriento, desatendiéndome como se hace con las tumbas y con los locos.



Llevaba más de doce horas en un viaje lento y accidentado hacia Brasil. Demasiadas fueron las paradas donde los dos hombres pertenecientes a la línea de transporte trataban de subir a las personas que mejor les pagaran. Todos sabíamos que era prohibido, pero nadie se atrevió a reclamar: estos tipejos eran capaces de hacer pasar un mal rato a quien tratara de alzar la voz en un terreno donde la justicia ya estaba enmudecida. Por otra parte, yo había renunciado por completo a todo intento de mejorar este mundo, llegando incluso a aborrecer a sus habitantes con los que, de hecho, hacía un gran esfuerzo para no despreciar.



Antes de partir, evadiendo el tumulto de aquel terminal inmundo, fui el primero en subir al autobús. Me senté en la última fila como siempre lo hice en el aula del colegio. Detestaba a quienes los profesores colocaban en los primeros pupitres para tener muy de cerca un ejemplo a mano. Esos estudiantes “sobresalientes” escondían sus cabezas como avestruces cuando el grupo de pichones revolucionarios los llamábamos a sumarse al frente de cualquier huelga estudiantil. Siempre los primeros fueron últimos y los últimos primeros (esto me lo enseñó el hombre del evangelio: a confiar en los excluidos y a mirar muy en alto a los enanos).

Desde los asientos posteriores tenía la mejor perspectiva de todas. Observaba detenidamente a cada una de las personas que subían, y que eran delatadas fácilmente por sus equipajes de mano. Las primeras fueron dos monjas que buscaban los asientos más limpios para no ensuciar sus hábitos ya desteñidos por tantos viajes a la Amazonia. Se movían silenciosas como hormigas pertenecientes a la cueva más oscura y extensa del planeta, y se aferraban a sus bolsos de semicuero negro como si en ellos resguardaran el último secreto de Fátima. Detrás de ellas se acomodaron dos parejas de jóvenes norteamericanos, de rostros fríos y mirada de satisfacción infantil, con más equipajes de cámaras que de ropa, obsesionados en congelar imágenes para acumular rollos fotográficos y alardear con sus vecinos al volver a su súper país. En seguida subieron dos carnosas cazadoras del depredador que más abunda en las tierras del Dorado: el minero. Del mismo modo que lo ha hecho su profesión, las miradas de ambas borraban todas las fronteras. Una de ellas, con actitud irreverente, le pedía a las monjitas pastillas anticonceptivas, muy segura de que traían algunas en sus carteras. La otra, después de acomodar sus bolsas plásticas llenas de cosméticos baratos, zancos plateados y minivestidos de lentejuelas, se acercó con un vibrante contoneo a pedirme fuego. Mi negativa no la molestó, lo supe por su sonrisa confiada en que tendría otra oportunidad para invitarme a quemarnos. Me lanzó una última requisa con su vista y se dio media vuelta mientras mordía su rojísimo labio inferior. Yo no tenía encendedor, pero traía en mi bagaje toneladas de cenizas de un largo incendio que me costó mucho extinguir, y no pensaba reinstaurar lo que ya consideraba abolido.

Los pasajeros que siguieron subiendo fueron el relleno perfecto para que el vehículo reflejara una sociedad ya globalizada por el exacerbado culto al dinero. Era lo más opuesto a un bus escolar: un policía de conciencia oscura como su uniforme, dos cocineras gordas que vendían en los pueblos mineros pinchos de carne de perros inocentes, un comerciante árabe que impregnó el ambiente de una colonia con años fuera del mercado, un piloto de la avioneta de un judío comprador de todo el oro, un chileno soldador de lavadoras y balsas, dos buzos colombianos y unos veinte venezolanos, indios y mestizos, parasitando alrededor de estos proveedores de sus sustentos. Todos ordenados en fila, muy bien organizados como animales en jaulas esperando su función. En número no alcanzaban a completar los asientos y eso me permitió acostarme cómodamente en los cinco últimos y mirar muy bien el techo hasta donde todos llegaban. Solamente yo sabía los pies de altura de mi viaje tan inverso al de ellos. Aquellos asalariados tenían fuertes motivos para buscar con hambre y adorar con gula a su “dios dinero”; en cambio yo, yo estaba resuelto a excomulgarme, yo decidí renunciar a toda forma de conseguirlo y lograr la máxima libertad de vivir sin él. Me empeñé entonces en un intento de cerrar mis ojos y apaciguar la zozobra que generaba la espera y el total desconocimiento de lo que me deparaba, a ver si en ese retiro oscuro lograba encontrar el motivo de vivir que había perdido, y por el cual estaba entregado a esta travesía de que pasara lo que pasara; pero me lo impidió la voz estridente de un vendedor de refrescos y chucherías que subió junto a un tipo que, quebrantado por el llanto, rogaba le ayudasen con medicamentos que necesitaba su hijo enfermo, testimonio que autentificaba con récipes del hospital central. Muchos le dieron algunos billetes, y, cuando bajó, miré por el vidrio trasero como el “actor” se fue a la parte posterior del autobús a darle a medio esconder lo que le correspondía de lo recaudado al acompañante del chófer. Esta complicidad es la misma que la del Papa con la mafia, la del abogado con el juez y la del masón de izquierda con el masón de derecha. Toda esta política de porquería era también parte de lo que quería librarme, pero uno llega a pensar que la única forma de hacerlo es con una destrucción masiva, o en una evacuación del planeta. Pero el fin del mundo había sido finalmente burlado por el primer mes del nuevo milenio, y, ¡cuánto lamenté que la profecía me lanzara esa mala jugada! Por eso, al menos para mí, algo como salir de la tierra era lo que simbólicamente representaba este periplo, que por fin arrancaba, con el encargado buscando equilibrio entre los asientos para pasar revista y agujerear los boletos.


Mirando por la ventanilla a mi bella fea ciudad desvanecerse, me hacía a la idea de que en cada kilómetro transitado dejaba enterrados, en pequeños sepulcros colocados al costado de la carretera, los espacios atropellados de mi vida. La decisión de renunciar a todo aquello que fue mi pasado era inquebrantable. Arrepentido de haber malgastado años engañado por las riquezas, creyendo que vivir era acumular “experiencias”, y que sólo el dinero podría proporcionármelas cada vez más extremas, mi voluntad estaba anclada en no volver a zarpar jamás hacia ese puerto de trueque mortal. Todavía me parecía escuchar las últimas voces de los que se llamaban mis amigos: “No te dejes vencer... Te puedes recuperar... Todavía te quedan unos millones en el banco... Esta es una jungla de concreto donde vence el más fuerte... Vivir en pareja no es cosa fácil... Después de quince años no puedes dejarla... Estás escapando... Estás escapando...”. Sólo yo sabía lo equivocados que estaban, lo normal que era para ellos ser tan normales y quienes eran verdaderamente los cobardes. Al cabo de largas horas en que transcurrieron mis reflexiones, no pude soportarlo por más tiempo: era el último y desesperado intento de salir de todo esto, pues era mi voluntad de ser..., de no desapare-ser y seguir siendo. Las cosas que realmente valen la pena nos exigen más valor de lo que uno espera; sólo hay que respirar hondo y lanzarse.
Me levanté del asiento empujado por un brazo invisible, y, en dirección al chófer, recorrí el pasillo del autobús que se me presentaba como un largo y angosto túnel gris plomizo que parecía no tener fin. Lo habría atravesado mejor aún si hubiese estado solo, pero no fue así. Por las ventanillas veía pasar los árboles sobrevestidos de hojas como oscuros celajes de ánimas conspirando para detenerme. Sentí una pesada cruz en mi hombro y escuché voces cruzadas que parecían provenir de los pasajeros a ambos lados, ridiculizándome: “¿A dónde crees que vas? Tú no eres distinto... Eres igual a nosotros... Nunca encontrarás eso que crees poder Ser... No hay eternidad... No lo lograrás... No podrás escapar.” “Eso está por verse”, me dije para darme fuerzas y me estimularon las palabras de Cortázar: “Ir a un encuentro no puede ser nunca escapar… Lo cierto es irse. Quedarse es ya la mentira... Quien se dé una vuelta y vuelva, y haya tenido abierto los ojos, conocerá mejor la forma de su jaula… La verdadera aniquilación debería de ocurrir en vida”.
Por segunda vez le pedí al chófer que se detuviera; que, aunque no podía creerlo, realmente había llegado a mi destino. Éste, con una mezcla de viva extrañeza y redoblada molestia, tiró a la consola el trapo mugriento que tenía en su mano, y estacionó el autobús al borde del camino tras un vehemente frenazo. Bajó conmigo su acompañante y caminamos hasta el compartimiento de los equipajes. Abierta la puerta le señalé mi mochila y acercándomela me preguntó si estaba seguro de lo que hacía. Yo le respondí con la verdad: “No lo sé, pero quizá pronto lo sepa”. Se asomó el conductor apurándonos, y, evitando que en mi voz se notara el dolor horrible que invade a un exiliado, me despedí de uno y otro agradeciéndoles. Éstos me miraron sin verme, con la miopía del prejuicio, seguros de que mi aliento despedía olor a marihuana. Luego, con pasos más instintivos que conscientes, dejé tras de mí aquella ruta establecida, vuelto completamente de espaldas a los negocios del mundo y de cara a los del Universo, adentrándome de inmediato a la negra espesura, donde el ruido del motor, alejándose paulatinamente, dio lugar a un silencio que mis oídos jamás habían experimentado: el de la selva, en las horas subterráneas de la noche...

Me sentí entrando en la tierra del “nuncajamás”, imbuido por el peligro deseable de ir tanteando la oscuridad y escuchar sometido su murmullo; como si aquella voz suicida, que intermitente me llamó tantas veces desde la muerte, fuera la misma que aquí me guiaba a la vida eterna cual niño ciego engañado con un dulce. Hoy puedo recordarlo y sentir una pena por no poder describir bien lo vivido. Hoy, cuando rememoro aquel momento, me recorre un estremecimiento inexplicable por toda mi alma. ¿Cómo lo pudiera decir? Fue como estar parado en el centro donde se cruzan todos los caminos, donde todo lo ocurrido y todo lo que ha de ocurrir convergieran, donde no hay tiempo que perder ni que ganar, no hay arriba ni abajo, el existir se encierra, el cerebro no admite pensamiento y todo es una sola cosa. De esta manera lo sentía, pero sé que no sentía. ¿Qué era?, aún no lo he adivinado, pero sé que es todavía, pues desde entonces eso no me ha abandonado.




La luna estaba del otro lado del planeta conteniendo la rabia por no poderme intimidar: su resplandor me hubiese hecho ver las enormes sombras móviles de la vegetación como gigantes plantas carnívoras prestas a devorarme. Con cada paso que daba, el miedo retrocedía con miedo. Aquello, que ante mí se presentaba como un monstruo enorme queriendo acobardarme, se retiraba lento y debilitado porque yo caminaba entre sus afilados dientes esquivando sus mordiscos (el temor a lo desconocido es lo que nos empuja a conocer y ese miedo es el indicador del lugar en que debemos retarnos). Mientras más confianza ganaba en ese terreno jamás visto, más crecía en mí un Prometeo que despojaba la oscuridad con su fuego y me confería una fuerza titánica nunca antes conocida. Mi espíritu me aseguraba que, aún en el caso de no poseer piernas, podía soportar mucho más peso –mejor dicho: ¡todo el peso!–, y proseguir con una potencia que me llevaría a adentrarme en una angélica levitación, una en la que me encaminaría alejándome cada vez más de mí mismo... cada vez mucho más. Claro, siempre en estos momentos espaciales, al igual que te sigue la Lujuria por dondequiera, la duda te llama de continuo, y te hace pensar por un segundo (no más que un segundo) que la realidad no superará a la fantasía. Pero unos pistilos de luces extrañas, que irrumpieron de pronto en el aire, se encargaron de erradicar la creencia en una absurda alucinación. Unas especies de estrellitas fugases empezaron a bajar del cielo, ¡de veras, eran completamente reales!, y las sentía posarse en mi rostro; las oía como millones de campanitas invisibles y las veía descender por todas partes a modo de minúsculos asteriscos bombardeando la tierra. ¡Por primera vez conocía el color luz! ¡¡Mi cuerpo absorbía luz!!

Probablemente algún científico me hubiese desanimado con sus razonamientos diciéndome que simplemente soy una de las pocas personas que experimentó el rocío silencioso que desapercibido aterriza en la selva; pero sólo yo sé que aquello no mojaba ni a mi piel ni a mi ropa y tampoco al suelo y a las hojas que pisaba: eran chispas minúsculas que desde el cosmos infinito venían directo a mí, y que, en el supuesto negado de haber sido gotas de agua, eran de aquellas etéreas con las que Juan el bautista hubiese querido ser bautizado.



Para mantenerte unido al Universo sólo basta con que así sea; entonces, todo lo que habita en las alturas viene a abrazarte. Empecé a llorar a causa de un lleno profundo que me invadió por completo, un estremecimiento que asaltó todas mis células, cambiando el concepto de percepción que adquirió allí una sensibilidad incalculable. Entre carcajadas llorosas, mis lágrimas fueron como hilos de agua que caen en el rostro del niño que da palmetas en la cuba en que es bañado; pero, moqueando entre risas de alegría, sabía que las sorpresas de la tierra continuarían, y, en menos tiempo del imaginado, me regaló el florecer de la aurora desparramada en la gran sabana. Entregado, olfateaba los colores indescriptibles del paisaje y, al compás de la marcha silenciosa de las nubes, girando lentamente con mis brazos abiertos, estremecí la batuta de aquel amanecer convertido en mis manos en una armoniosa sinfonía, en una suprema componibilidad que se integró en todo el espacio. Todavía me encontraba en plena ejecución cuando arrulló, con sutileza de flauta indígena, la resonancia de un río que se ocultaba tras una muralla de árboles y matorrales que verdeaba aún más la vista. Me acerqué sediento a conocerlo, pero lo apretado del follaje me obligó a bordear la hilera de vegetación con espinosos pasos hasta encontrar un acceso al agua. No fue fácil bajar el farallón de casi tres metros, pero nada difícil desprenderme de mochila y ropa y zambullirme con la sangre fría de un pez al puro y cristalino río.




Después de un baño pródigo, en el que la forma de desnudarme, mojarme y secarme tomó nuevas dimensiones, me vestí, y me invadió el hambre junto a un voraz cansancio que me hizo recordar que no sólo no traía nada para comer, sino que también llevaba más de veinticuatro horas sin dormir y, de paso, el pesado trayecto del viaje encima.

Entonces, cuando creí que nada más podría ocurrirme, una imagen a lo lejos llamó poderosamente mi atención. A primera vista, la lejana figura no podía distinguirla: lo mismo podría ser un animal que una persona. Por instinto pude haberme asustado un poco y correr bastante, pero me burlé de mí mismo ya que luego de semejante noche, y a plena luz del día, esa actitud sería ridícula (aunque morir rayando el sol siendo el desayuno de un depredador tampoco estaba en la idea que me había hecho de un final feliz). Para mi tranquilidad, poco a poco el trecho se fue acortando y pude observar la forma humana de alguien de muy baja estatura. Ya, a la distancia de un tiro de piedra, la semidesnudez de una mujer indígena era clarísima, con un taparrabo cubriendo sus partes íntimas y uno de sus senos velado por el brazo izquierdo, cuya mano aseguraba transportar un racimo de bananos sobre su hombro derecho. Mantuvo un caminar recto, sin el menor indicio de saberse vista, siguiendo una trayectoria que jamás se encontraría conmigo. Yo me hacía el loco muy cuerdo, mirándola de reojo mientras removía y sacaba de mi mochila lo necesario para dormir. Cuando llegó a un punto retirado que se encontraba paralelo a mi posición, sorpresivamente detuvo su marcha, volteó para descubrirme y, vadeando el largo trecho, se vino directamente hasta detenerse frente a mí. Sin apartarme la mirada, sin pronunciar palabra, sin cambiar su rostro con gesto alguno, arrancó de memoria cinco bananos, me los entregó, me dio la espalda y retomó su camino. Quedé estupefacto, sin poder soltar el agradecimiento boquiabierto que quedó levitando entre mis labios, viendo alternativamente los frutos en mis manos y su silueta alejándose con una calma suprema, mientras mi mente se sorprendía mucho más y mi estómago empezaba a apurarme para que alimentara su recién nacida alegría.



Al fin, ensimismado en pensamientos que frugalmente se diluyeron (como los bananos en mi boca), seguro de que aquellos pasajeros del autobús dejarían esta vida sin imaginar lo que a aquél descerebrado y perdido excursionista le había acontecido, y con la mansa placidez que te proporciona el saber que con el dormir secarás pantanosos recuerdos y despertando reverdecerás, me armé rápidamente mi lecho, allí muy cerca del recorrido de las aguas, para caer placido como lirón en una insondable utopía de la que, ni en sueños, nunca más despertaría.

Mel Gibson renuncia a La Pasión de Cristo



Así como no hubiese querido que se le hiciese una película como la que tanto alaban hoy los cristianos, tampoco Jesús hubiera deseado –con impetuosa inclinación– que la piel de su cráneo fuera perforada por 30 espinas, mucho menos recibir azotes de un flagelo con puntas de plomo que desgarran la piel dejando no sólo las inevitables contusiones, sino también dolorosas escoceduras con sus respectivas estrías producidas por las correas de cuero en cuyos extremos estaban amarradas. No hablemos de lo que siguió después de recibir los 225 latigazos contabilizados en la sábana de Turín (eso simplemente ocupa un párrafo en la “historia” de nuestro mundo: que está tan ensangrentado como lo estuvo todo el cuerpo de Jesús); más bien pensemos en la ironía de que en los trescientos años posteriores de este hecho, los romanos persiguieron a los que creyeron en Cristo haciéndoles lo mismo que a él, hasta que Constantino, "santo" de la santa iglesia católica (a pesar de que estranguló a su esposa e hijos), adopta como religión oficial de Roma el mismo movimiento por el que mataron a tantos seres. Pero el extremo de lo absurdo no termina aquí, sino que esta religión católica perfeccionó sobremanera las técnicas de tortura con máquinas “orgullo” de la ingeniería de la santa inquisición.

Lo lamentable es que el ser humano, tras dos mil años del famoso genocidio en nombre de Cristo, no se ha humanizado por el hecho de presenciar o conocer de la historia las inenarrables barbaries de la que es capaz su prójimo, prójimo que no cambiará por ver el castigo tan brutal inferido a un hombre inocente, si no que correrá en dirección contraria al dolor como lo han hecho miles que abandonan la salas de cine apenas comienza la flagelación. Lo cierto es que todo esto no cambiará ni por los valientes masoquistas que se quedan en las butacas ni por los débiles ni sensibles que se marchan de la sala. Nada cambiará por otra película más ni por una menos, ni por las efímeras palabras que ahora escribo...

Por eso, en medio de esta profunda inconsciencia, lo único que le queda al hombre en su infinita vergüenza es una verdadera entrega a su destino, aunque este lo conduzca irremediablemente a cargar su cruz. No creo que Dios quisiera jamás que un hijo –cualquiera de nosotros– pasara por las atrocidades que millones han sufriendo al igual que Cristo. Él no escribió ese trago amargo de la vida de su hijo y tampoco esa grandiosa vergüenza que llamamos historia. Sencillamente, y vaya si lo lamentó, no pudo apartar esa copa que tuvo que beber Jesús. Lo que si escribió Dios – y es en donde quiere que nos concentremos– fue lo que ocurrió antes y después de la pasión, antes y después de cualquiera de las acciones inhumanas hechas por los hombres, dejando claro que es allí donde Él obra en nosotros y que esa breve interrupción de tanto dolor infringido por algo realmente maligno, es como los cortos dolores de parto de una madre que después disfrutará de una larga vida junto a su ser amado, tal como lo dijo en una parábola el Maestro. Recordemos que así como una mujer busca parir para tener un motivo para vivir en esta tortura que es la existencia en la tierra, asimismo debemos nosotros preñarnos de sufrimiento para nacer de nuevo en Dios y descubrir, con esta única forma, para qué existimos. Quiero poner este ejemplo: hay una parturienta pronta a dar a luz, y una comadrona asistiéndola. Todos sabemos quien es la que va a parir al niño. Ahora bien, yo veo a los “cristianos” como comadronas que creen que con presenciar el parto tienen algún derecho sobre el niño, o cumplen con la cuota de dolor necesaria para tener derecho a la vida que Jesús ofrece. Creen que logran con un parto virtual una realidad espiritual. Pareciera que en cualquier procesión (incluyo ver “La pasión de Cristo”) en la que se “re-presente” la vía dolorosa, el crédulo asegura expiar con dicha catarsis sus turbaciones, o cree que con su imaginación está participando en ella, o está cumpliendo con la palabra “si con el árbol verde hicieron esto, que no harán con el caído” pero sin querer caer. El miedo confunde, y la fe desentraña la verdad, y la verdad es que el cristiano tiene miedo a sufrir , tiene pavor a “parir”, a pesar de que el espíritu le indicará, sin contemplaciones, que solo por camino de sufrimiento llegará a Dios; pero el “cristiano” está muy lejos de tener un grano de esta fe.

Yo tengo fe en la práctica, en que la fe son obras, y que sin hechos todo se queda en palabras. Por eso, al ver a Mel Gibson hablar con las profundas palabras de un devoto cristiano perteneciente a una de las tantas iglesias de Cristo que existen, yo sólo pienso que si tan solo practicara las cortas líneas del evangelio –que al joven rico entristecieron– que rezan: “Vende todo lo que tienes, dalo a los pobres, y tú ven y sígueme”, entonces, y solo entonces, algo sí cambiaría en la historia de Hollywood: no solo por el hecho insólito de Gibson consiga renunciar a todo lo que posee, sino por tan basto acto de fe que sacudiría a todo el globo con la fuerza poderosa del ejemplo, ejemplo que sería infinitamente mayor a su fama. Pero –y se repite nuevamente la historia–, hasta ahora lo único que a cambiado es el bulto de la cuenta bancaria de Mel (que sobrepasó los 900 millones de dólares recaudados después de su inversión de tan sólo 35), gracias a nuestro aporte de dinero y, por qué no decirlo, también a las lágrimas derramadas en el cine por un “buen creyente”.

¿Se imaginan ustedes a Mel Gibson caminando sin un peso por toda el mundo llevando el mensaje de Dios como lo hizo y manda el buen hijo de Nazaret?
No lo hizo ningún Papa, ningún político, ningún empresario, ningún actor...sólo Jesús.
Por lo visto tendremos que hacerlo algunos de nosotros.

jueves 6 de octubre de 2011

LIBRO 666 / Pág. 131:



–Tan lleno está siempre de recelos el delincuente que el temor de ser descubierto hace tal vez que él mismo se descubra –declamó Sebastián Goldberg, con leve acento feminizo.
–¿Hamlet? –le pregunté.
–Exacto –me respondió con cierta indolencia.
–Pues sí, al repetir esa línea de Shakespeare acertaste porque ciertamente me declaro un delincuente, pero más bien lleno de celo que de recelo; y lo digo sin tomarme tanto tiempo como se lo tomó el receloso Hamlet para vengar a su padre. Ahora bien, si les parece, a modo de un célebre actor inglés sobre las tablas de El Globo, permítanme hacer uso de la teatralidad para explicarme de mejor manera... Al fin y al cabo, todo escritor es un usurpador profesional que siempre está haciéndose pasar por otro y que vive saqueándole a la vida su principal propiedad: vidas ¿Acaso han conocido acto más criminal que robar la vida de terceros? No se nos debería permitir seguir vivos después de semejante delito. Pero supongo que recibimos la venia del Todopoderoso por lo engorroso que resulta nuestro oficio, puesto que los escritores somos saqueadores de tumbas vivientes, asesinos y resucitadores a un tiempo; más que asesinos en serie somos asesinos de superserie, tratando de salvar muchas almas por medio de nuestra crucifixión al escribir. Imagínense, nosotros, los más desequilibrados, ¡buscando el equilibrio precisamente en una cruz! Es muy cierto que la letra mata... sí, pero da vida, y bien que pagamos caro la trasgresión de andar despojando almas de tantos malos elencos, de colaborar en la descontinuación de este espectáculo falso y disolvente, canjeando la función del ahora por el estreno de un nuevo tiempo, uno lo suficientemente distinto. Nuestro infierno, nuestro particular infierno, es negar esta vida para después de darle muerte crear otra con la tinta de una pluma ¿Quién reconocerá lo nocivo que significa para nosotros esta porfiada negación de vivir aquí y ahora para marcharnos a ese no tiempo, saltar de esta realidad y, adelantándonos, llegar más vivos que el resto de los mortales a la temida muerte; pasando de este mundo ordinario a otro perfecto e imaginario y con esa creación alimentar a los hombres su ilusión de un universo que vendrá, proporcionándoles el mejor combustible a su fe: la lectura? ¡Ahh, leer!, esa forma tan despierta de soñar la realidad dormida del mundo soñado, esa bella y exclusiva arquitectura de nuestra gran utopía... Yo les aseguro, si para los demás el papel lo aguanta todo, para nosotros, encarnaciones de dioses y profetas, una hoja en blanco es nuestra alcantarilla, nuestra Madrecloaca, en donde eliminamos lo que no nos conviene, todo aquello que nos es imposible seguir guardando... Sin duda, este santo oficio es el mismísimo purgatorio con el que tratamos de redimirnos y purificarnos, creyendo pagar así, con la condenación aceptada y asumida del escribir, todos los cargos en contra nuestra ¿Y saben por qué los escritores soportamos este infierno?... ¿Saben por qué?... Porque sólo alcanzamos nuestra salvación en la literatura.

jueves 21 de junio de 2007

El Eterno Caminante
Esta historia de Alejandro es la de cualquier otro esclavo moderno que, tras un desgaste físico y psicológico para     llegar “arriba”, finalmente sufre los repetidos casos de falsedad, envidia y vacío de una vida superficial que el dinero del éxito proporciona.
Al borde del desequilibrio existencial, después de quince años de pasión y profesión, abandona mujer y carrera y decide entonces seguir a la siempre desobedecida intuición, la que llamándolo muchas noches le quitó el sueño y cuyo mensaje era el mismo que por años los “libros-refugios” le susurraron: hacer realidad esa utópica visión de la máxima libertad, renunciar por completo a todo aquello que lo definió, morir en vida y re-nacer con tan sólo una mochila en la espalda para emprender un viaje sin itinerarios, sin currículum, sin dinero, por los caminos de América del Sur.
En la ruta (era ineludible) se encuentra con personas y sucesos que jamás imaginó y que serían el combustible que lo impulsaría a un mayor viaje dentro del viaje: uno paralelo, interno, espiritual, cuya inspiración no sólo le llevará a escribir sus más profundas vivencias, sino también a posesionarse de un empleo insólito que le permitirá llegar hasta la consumación de un destino milagroso y eterno.

¿OYES LA GUERRA?


"LA SEGURIDAD NO ES LA AUSENCIA DE PELIGRO, SINO LA PRESENCIA DE DIOS...SIN IMPORTAR QUE TIPO DE PELIGRO"


ANONIMO


OTRA GUERRA MAS
¿QUÉ HACER CON LOS SÍNTOMAS EN ESTE TIEMPO DE GUERRA?

SI VIENDO LA TELEVISION TIENES SENTIMIENTO DE CULPA, TRISTEZA Y VACIO EN TU VIDA... POCO INTERES O PLACER EN HACER LAS COSAS Y ACTIVIDADES QUE DISFRUTABAS ANTERIORMENTE.SI HAN CAMBIADO TUS PATRONES DE SUEÑO, HABITOS ALIMENTICIOS Y SEXUALES.SI TE SIENTES CANSADO, SIN ANIMOS NI DESEOS DE COMPARTIR. DIFICULTAD EN CONCENTRARTE, RECORDAR COSAS O TOMAR DECISIONES. SI SIENTES QUE TU VIDA HA SIDO UNA PERDIDA DE TIEMPO, QUE TE HAS FALLADO A TI Y A LOS TUYOS...¿HAS PENSADO EN SUICIDARTE? ¿TAL VEZ DROGARTE? NO ESPERES MAS, ¡DEJA DE VER LAS NOTICIAS!¡DEJA DE TRABAJAR! ...PARA DE OBEDECER Y COMIENZA A "SER".
DEBES SABER QUE SON ELLOS LOS QUE TE PERSIGUEN Y ESTAS SIENDO AFECTADO POR LA PRESION DE GRUPO EJERCIDA POR NEO-CAPITALISTAS Y POST-CRISTIANOS, VICTIMAS DE TU PROPIA INACCION.
LOS ENCARGADOS DE NUESTRAS VIDAS, LOS QUE DISTRIBUYEN NUESTROS BIENES, CONTROLAN LA NECESIDAD, VELAN POR NUESTRA SEGURIDAD, LEVANTAN CIUDADES Y ESPECULAN CON TU DINERO. SI, ESOS GRANDES NEGOCIANTES SIN CARA QUE HAN ESTADO APARECIENDO COMO UN MENSAJE DE “SER-VICIO” PUBLICO PARA RECORDARTE QUE TE MUEVAS PORQUE TU PORVENIR ESTA EN LAS MEJORES MANOS: LAS TUYAS.
SON ELLOS LOS QUE TE GRITAN AL OIDO:

“AUMENTA LA CONFIANZA EN TU PAIS:PRODUCTO DE TODOS”

"HOMBRO A HOMBRO LABOREMOS"
"LEVANTEMOS A NUESTRA PATRIA"
"UNA IMAGEN NOS DA PAZ"
"SEGUIMOS TRABAJANDO"
"CONTINUAMOS CON EL MISMO ENTUSIASMO"
"INVIERTE TU TIEMPO Y ESFUERZO"
"!ESTUDIA, TRABAJA, COMPRA, CONSUME, REZA, VE A LA GUERRA Y MUERE!"

SI ESTAS EN BUSCA DE EMPLEO O EN CASO DE QUE TENGAS UNA ENTREVISTA PENDIENTE PARA UNO MEJOR, PRIMERO QUE NADA:
NO LLEGUES, LLEGAR DEMUESTRA TU DESESPERACION ANTE LAS CONDICIONES DE VIDA IMPUESTAS, NADIE TE EXTRAÑARA. OTRO OCUPARA EL LUGAR QUE DEJAS VACANTE.
TEN PACIENCIA, SE PUEDE ESTAR VIVO SIN EMPLEO Y SE DISFRUTA MUCHO MAS (SINO CREES ESTO PREGUNTALE AL MAS FAMOSO DESEMPLEADO DE LA HISTORIA: CRISTO).
SI NO TIENES MUJER , TE EVITAS PREOCUPARTE QUE NO MENSTRUE, OLVIDA TODA CORTESIA MACHISTA Y PATRIARCAL. TAL COSA COMO EL HOMBRE O JEFE DE LA CASA QUE DEBE MANTENER A LA ESCLAVA DE LA CAMA Y EL HOGAR, NO EXISTE.
SI ERES TU LA QUE MENSTRUAS, LA LIBERACION FEMENINA NO SIGNIFICA NADA SIN TI. PONTE TACOS Y NO SIGAS AL QUE NO MENSTRUA; SIGNIFICA ROMPE TACOS Y AHORCA AL QUE TENGA CORBATA. SAL A LA CALLE Y DEMUESTRA QUE NO ESTAS BAJO CONTROL Y QUE AUN TE QUEDA IMAGINACION. REUNETE Y COMPARTE. SI ESTAS EN TUS PRIMEROS DIAS DE TRABAJO, ES TU OPORTUNIDAD DE OBTENER UNA MEJOR VIDA. AMANECE ENFERMO Y NO VUELVAS MAS...EL TIEMPO SOBRA. Y RECUERDA, LO MEJOR MENTES EGOISTAS LA DESEAN; PODER, CONTROL Y MANDATO LE APLICAN. QUE CUANDO SE LES VA DE LAS MANOS...HACEN LA GUERRA,....
PRENDE CNN Y VERAS EL MAS ALTO NIVEL DE COMPETITIVIDAD Y SEGURIDAD.
PAZ NO ES LIBERTAD NI ARES NO EMPEZAR!
YO TE ANUNCIO QUE YA VIENE LA PAZ... NO LA DE UN MUERTO CARENTE DE VIDA...SINO LA DEL VIVO LA DEL QUE NO CAMBIA NI SE ADAPTA, NO INTEGRA NI TOLERA.
SOLO SE CONSERVA Y AISLA.

LA PAZ ES LO QUE QUEDA CUANDO SE REGALA O DELEGA LA LIBERTAD...
LA PAZ ES UNA GUERRA QUE SE HA PERDIDO...
EN CAMBIO, LA ARMONIA IMPLICA DIVERSIDAD. LA PRESENCIA DE OTROS, CONTRARIOS Y OPUESTOS QUE GARANTIZEN EL BALANCE, LA COOPERACION Y EL COMPARTIR. EL COMO SE ADQUIERE TENDRA MUCHO QUE VER CON LOS RESULTADOS. PARA VIVIR EN LIBERTAD, NO PARA DEFENDERLA. ¡MUCHO MENOS VENDERLA!
LA LIBERTAD NO SOLO CONSISTE EN HACER LO QUE DESEAS, SINO EN PERMITIR A OTROS REALIZAR SUS DESEOS.
EL LIBERTINAJE SURGE CUANDO LA AUTORIDAD, EL GOBIERNO O EL DINERO OCUPANEL ESPACIO DE LA LIBERTAD, EMPUJANDONOS MAS ALLA DE LA MISMA...
LA VERDAD ES LA QUE TE HACE LIBRE...SOLO DEBES NACER DE NUEVO...PORQUE EL QUE NACE DE NUEVO EN ESPIRITU ES COMO EL VIENTO...QUE NO SABES DE DONDE VIENE NIA DONDE VA...PERO OYES SU SONIDO ... ¿LO OYES?